Migrar: entre dos mundos
- Mariel Gonzalez Mena
- 19 sept 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: hace 2 días
Migrar no es solo cambiar de país. Es también enfrentarse a transformaciones internas que pocas veces se nombran. Mientras afuera nos adaptamos a nuevas calles, idiomas y costumbres, adentro se mueve un proceso profundo que mezcla entusiasmo, duda y nostalgia.
Es ahí donde aparecen preguntas difíciles, que no siempre tienen respuesta inmediata: ¿qué hago acá?, ¿vale la pena?, ¿cómo construyo un hogar en un lugar que aún no siento mío?, ¿quién soy ahora que mi vida cotidiana cambió tanto?
Las emociones contradictorias de migrar
Migrar puede ser tan ilusionante como difícil. Muchas personas lo viven como una montaña rusa emocional: la emoción por lo nuevo convive con la tristeza por lo perdido, la curiosidad con el miedo, la libertad con la soledad, el progreso con el extrañar.
Con el tiempo, lo cotidiano empieza a pesar más que la novedad. Lo que antes era aventura, ilusion, se mezcla con nostalgia, miedo o duda y surgen pensamientos como “¿qué estoy haciendo acá?”. Esa montaña rusa es parte del duelo migratorio: la coexistencia entre lo que se abre y lo que dejamos atrás.
Sentir tristeza no invalida el entusiasmo, y sentir miedo no borra la valentía de haber dado el paso. Estas contradicciones no son un signo de que migrar haya sido un error o una mala decisión, sino parte natural del proceso de cambio.
El duelo migratorio: abrir espacio a lo nuevo
Migrar casi siempre implica un duelo, aunque no siempre lo reconozcamos como tal. Es un duelo particular porque no hay una pérdida absoluta ni una despedida definitiva. Lo que dejamos atrás sigue existiendo, pero ya no forma parte de nuestra vida cotidiana.
Lo que duele no es solo separarse de las personas queridas, sino también de aquello que nos hacía sentir en casa: lo cotidiano, el idioma, la comida, los gestos, los códigos compartidos. A veces, también se pone en juego algo más difícil de nombrar: los lugares que ocupábamos, la imagen que teníamos de nosotros mismos, la forma en que éramos reconocidos.
Reconocer el duelo migratorio no significa vivir mirando atrás, sino comprender que lo que duele también tiene algo para decirnos. Aceptar que parte de nosotros quedó en otro lugar nos ayuda a construir un nuevo sentido, sin borrar lo que fue importante.
Con el tiempo, ese dolor o sentimiento se transforma. No se trata de reemplazar un lugar por otro, sino de aprender a habitar ambos con más calma y sentido.
El trabajo en terapia Frente a estas experiencias, la terapia puede ser un espacio donde lo que se vive encuentre palabras. Nombrar lo que pasa permite ordenar, distinguir, comprender. Muchas veces, el malestar no es un problema en sí mismo, sino una señal de algo que necesita ser escuchado, es parte del proceso.
El trabajo terapéutico acompaña a elaborar el duelo migratorio, a dar lugar a las emociones contradictorias y a construir una forma más propia de habitar la experiencia.
Habitar dos mundos no siempre es sencillo. Pero, con el tiempo, puede volverse una forma singular de estar en el mundo.



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