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La sensación de no ser suficiente

Actualizado: hace 2 días

¿Te pasa que podés reconocer todo lo que hacés, pero igual algo adentro te dice que no alcanza? ¿O que un error te queda dando vueltas más tiempo del que te gustaría, como si tapara todo lo demás?

La autoestima no tiene tanto que ver con sentirse seguro todo el tiempo ni con decirse cosas lindas frente al espejo. Tiene más que ver con cómo te hablás en esos momentos en los que algo no sale, cuando dudás, cuando te sentís medio perdido o cuando aparece esa sensación incómoda de no estar a la altura.

A veces creemos que querernos más es ser fuertes, no tambalear, tener todo más o menos resuelto. Pero en la práctica, la autoestima se juega en otro lugar: en poder sostenernos también cuando no estamos bien, sin caernos encima, sin tratarnos peor que a cualquiera.

La mirada que nos forma

La forma en que hoy nos vemos no apareció de la nada. Se fue armando con el tiempo, en los vínculos, en lo que recibimos y también en lo que faltó. Muchas veces, sin darnos cuenta, aprendimos que para ser valorados había que cumplir, adaptarse, no fallar demasiado.

Y eso queda. No siempre como algo evidente, pero sí en la forma en que nos exigimos, en lo poco que registramos lo que hacemos bien o en lo rápido que aparece la crítica cuando algo no sale como esperábamos.

A veces ni siquiera es una voz clara, sino una sensación más difusa: la de no terminar de ser suficiente, incluso cuando las cosas van bien.

Entre la exigencia y la comparación

A eso se le suma algo bastante propio de esta época. Todo el tiempo estamos viendo cómo viven otros, qué hacen, cómo se muestran. Y aunque sepamos que hay filtro, que hay recorte, que no es toda la realidad, algo de eso igual impacta.

Sin darnos cuenta, la referencia empieza a cambiar. Y lo que antes alcanzaba, ahora parece poco. No necesariamente porque cambió lo que somos, sino porque cambió con qué nos estamos midiendo.

En ese cruce entre la exigencia interna y esas referencias externas, la sensación de no ser suficiente se vuelve más frecuente, más automática, más difícil de cuestionar.

Reconocernos de otra manera

Ir construyendo autoestima no es dejar de mirar a los demás, ni tampoco convencerse de algo distinto de un día para el otro. Tiene más que ver con empezar a revisar esa forma en la que nos tratamos y preguntarnos de dónde viene, qué historia tiene, qué lugar ocupa hoy.

En terapia, muchas veces ese trabajo aparece cuando podemos volver sobre lo que decimos y cómo lo decimos. No tanto para corregirlo, sino para empezar a notar el tono, la exigencia, la dureza con la que nos hablamos. A veces, escuchar esas propias palabras en voz alta o a través de la devolución del otro permite ver algo que hasta ese momento pasaba más desapercibido.

A partir de ahí, no se trata de volverse alguien más “positivo”, sino de ir construyendo una relación más propia con uno mismo. Menos automática, menos exigente, y un poco más acorde a lo que realmente nos pasa.

La autoestima no se mide cuando todo funciona, sino en cómo te tratás cuando algo falla.








 
 
 

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