Pensar no siempre resuelve
- Mariel Gonzalez Mena
- 24 feb
- 2 Min. de lectura
Actualizado: hace 2 días
Pensar es parte de vivir. Nos ayuda a ordenar, entender, anticipar y tomar decisiones. Pero hay momentos en los que, aun pensando mucho, algo no se mueve. No porque pensar esté mal, sino porque hay experiencias que no se resuelven solo desde ahí.
En esos momentos, el pensamiento empieza a intensificarse. La mente busca ordenar lo que pasó, anticipar lo que puede venir y encontrar una claridad que no termina de aparecer. Pero en lugar de acercarnos a una respuesta, ese movimiento nos deja girando sobre lo mismo, sin poder salir de ese circuito.
Cuando la mente no se detiene
Muchas personas lo describen como “no poder apagar la cabeza”. La mente repasa lo que pasó, anticipa lo que podría venir e intenta entender cada detalle. Vuelve una y otra vez sobre lo mismo, como si en algún momento fuera a encontrar una respuesta que ordene todo. Desde afuera puede no notarse, pero por dentro ese movimiento desgasta: el cuerpo se tensa, el descanso se interrumpe y las emociones quedan en segundo plano.
A veces, este movimiento no responde solo a una necesidad de entender, sino también a la dificultad de sostener lo incierto. El pensamiento se vuelve una forma de intentar controlar, de calmar el malestar que genera no tener claridad o no poder decidir. Pero en ese intento, termina girando sobre sí mismo y deja en pausa otras dimensiones de la experiencia, como sentir, aceptar o tolerar que no hay una respuesta clara.
Entender no siempre transforma
Hay algo que aparece con frecuencia en terapia: personas que entienden muy bien lo que les pasa, pero siguen sintiendo lo mismo. Saben que una relación no les hace bien, que están siendo demasiado exigentes consigo mismas o que no todo depende de ellas, y aun así algo no cambia.
Ahí es donde el pensamiento encuentra un límite. Porque el cambio no ocurre solo cuando algo se entiende, sino cuando también puede ser atravesado de otra manera. No alcanza con tener claridad si no hay lugar para lo que eso implica: sentir lo incómodo, tolerar la incertidumbre o asumir decisiones que no garantizan un resultado.
Cuando pensar no alcanza, tal vez la pregunta deja de ser qué falta entender y empieza a orientarse hacia otra cosa: qué es lo que está costando sostener, o incluso qué es lo que resulta difícil de hacer. Puede tratarse de una decepción, una pérdida, un enojo, una ambivalencia o una decisión que implica renunciar a otras opciones.
En esos momentos, no siempre alcanza con tener claridad. A veces lo que aparece es la dificultad de avanzar sin certezas, de tomar una decisión sin garantías o de sostener algo que incomoda más de lo que se quisiera. Incluso cuando algo parece claro, no necesariamente se vuelve fácil de hacer.
En algunos casos, lo que está en juego es poder dar un paso aun sin sentirse del todo preparado, sin tener todas las respuestas o incluso sin ganas. Y eso no siempre se resuelve. A vece s, se transita.
En ese punto, la terapia puede ser un espacio donde lo que se vive encuentre palabras y pueda empezar a moverse de otra manera.
El cambio no ocurre solo en lo que se entiende, sino en lo que puede empezar a ponerse en movimiento.



Comentarios