
¿Te pasa que podés reconocer todo lo que hacés, pero igual algo adentro te dice que no alcanza? ¿O que un error te queda dando vueltas más tiempo del que te gustaría, como si tapara todo lo demás?
La autoestima no tiene tanto que ver con sentirse seguro todo el tiempo ni con decirse cosas lindas frente al espejo. Tiene más que ver con cómo te hablás en los momentos en que algo no sale, cuando dudás, cuando te sentís medio perdido o cuando aparece esa sensación incómoda de no estar a la altura.
A veces creemos que querernos más es ser fuertes, no tambalear, tener todo más o menos resuelto. Pero la autoestima se juega en otro lugar: en poder sostenernos también cuando no estamos bien, sin tratarnos peor que a cualquiera.
La forma en que hoy nos vemos no apareció de la nada. Se fue armando con el tiempo, en los vínculos, en lo que recibimos y también en lo que faltó. Muchas veces, sin darnos cuenta, aprendimos que para ser valorados había que cumplir, adaptarse, no fallar demasiado.
Y eso queda. No siempre como algo evidente, pero sí en la forma en que nos exigimos, en lo poco que registramos lo que hacemos bien o en lo rápido que aparece la crítica cuando algo no sale como esperábamos.
Así, el valor propio queda atado a una condición: valgo si rindo, si no molesto, si no me equivoco. Y como esa condición nunca termina de cumplirse, la sensación de no ser suficiente vuelve una y otra vez, incluso cuando las cosas van bien.
No siempre aparece como un pensamiento claro. Muchas veces se ve en gestos chicos: quitarle importancia a un logro, incomodarte cuando alguien te elogia, pedir perdón de más o postergar algo por miedo a no hacerlo bien. O en la sospecha de que, en cualquier momento, los demás se van a dar cuenta de que no sos tan capaz como creen.
A eso se le suma algo bastante propio de esta época. Todo el tiempo vemos cómo viven otros, qué hacen, cómo se muestran. Y aunque sepamos que hay filtro y recorte, algo de eso impacta: lo que antes alcanzaba ahora parece poco. No porque cambió lo que somos, sino porque cambió con qué nos medimos.
En ese cruce entre la exigencia interna y las referencias externas, la sensación de no ser suficiente se vuelve más frecuente, más automática y más difícil de cuestionar.
Ir construyendo autoestima no es dejar de mirar a los demás, ni convencerse de algo distinto de un día para el otro. Tiene más que ver con empezar a revisar la forma en que nos tratamos y preguntarnos de dónde viene, qué historia tiene, qué lugar ocupa hoy.
Una pregunta que suele abrir algo es esta: ¿le hablarías así a alguien que querés? Muchas veces nos tratamos con una dureza que no usaríamos con nadie más. Tratarnos con un poco más de comprensión no es conformarse ni bajar los brazos; es dejar de sumarle castigo a lo que ya duele.
En terapia, muchas veces ese trabajo aparece cuando podemos volver sobre lo que decimos y cómo lo decimos. No tanto para corregirlo, sino para empezar a notar el tono, la exigencia, la dureza con la que nos hablamos. A veces, escuchar esas palabras en voz alta, o a través de la devolución del otro, permite ver algo que hasta ese momento pasaba desapercibido.
A partir de ahí, no se trata de volverse alguien más «positivo», sino de ir construyendo una relación más propia con uno mismo. Menos automática, menos exigente y un poco más acorde a lo que realmente nos pasa.
Si te reconociste en algo de esto, la terapia puede ser un espacio para empezar a mirarlo con más calma. Escribime y coordinamos una primera entrevista.